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Obituario, Trujillo

Entonces llegó Julito

Por: Carmen Imbert Brugal   7Dias.com.do 

Escrito y publicado en noviembre del 2005, vivo el hombre. Hoy todo será halago y remembraza, vanidad para los vivos, apuestas entre afectos que él no podrá desdeñar porque no está. Seguimos con la costumbre de decirle al cadáver aquello que la mezquindad regatea a la vida.

 

Julio Ibarra Ríos (Fuente externa)

La nombradía urbana y pequeño burguesa se forjaba en la tertulia, la cátedra, el ejercicio profesional, la militancia. Se evaluaban los personajes por su participación o rechazo a la tiranía, su afiliación al movimiento patriótico 14 de junio, a  Unión Cívica Nacional, su estancia en La Victoria o La Cuarenta. Manaclas era el fantasma,  recordatorio del dolor o de la cobardía, la guerra de abril estaba presente en difusas  esquirlas, en el luto perenne o dentro de la botella que ayudaba a olvidar.

La represión regaba ciudades y campos de sangre y angustia por los desaparecidos y exiliados.  Balaguer había hecho el guiño a los más débiles o a los más asustados y la burocracia colorada se convirtió en refugio para garantizar silencio y descrédito. Existía un grupo de nacionales indemne a la tentación, pensaba que otro país era posible.  La UASD era una fragua y los tribunales también. Demasiados presos políticos convertidos en delincuentes para cebarse contra ellos mediante condenas infamantes.

Rafael Valera Benítez fue un acaso. Se había casado con la gloria cuando representó a la sociedad en aquel proceso de antología contra los asesinos de las Hermanas Mirabal y Rufino de La Cruz. Fiscalía y Fiscal se convirtieron en sinónimos de abuso y legitimación de desmanes políticos. Entonces, años después,  llegó Julito.

El 1978 marcó un hito. La promesa de algo distinto. No había Escuela de la Judicatura, Estatuto del Ministerio Público ni Fundaciones atentas al Poder Judicial. Los gremios profesionales gritaban reivindicaciones imposibles. Antonio Guzmán Fernández, Presidente de la República después de la agonía de las impugnaciones, sedujo al abogado, catedrático, historiador, al tertuliante desbocado, hijo de  Julio Ibarra Faxas y Elena Ríos,  que desde muy joven prestaba sus servicios como maestro en la Escuela Normal de su natal San Pedro de Macorís.

Sorpresa y algarabía provocó la designación. Lo bautizaron “el fiscal del pueblo”. Tuvo  en la prensa un aliado incondicional y sus ejecutorias ayudaron a mantener el vínculo. La  aceptación de tan importante cargo disgustaría a su amigo y mentor Juan Bosch pero estuvo convencido que lograría la comprensión postrera  del sabio político, menos pragmático que teórico.

Llegó en andas al Palacio de Justicia. La multitud lo aclamaba e inició  una gestión innovadora, de puertas abiertas y resoluciones rápidas, de respeto a los dictámenes de los ayudantes de la Fiscalía del DN e intentó reformar una entidad viciada que servía para la extorsión y la violación de los derechos humanos.

Jornadas memorables aquellas de la Fiscalía presidida por Julio Ibarra Ríos. Aparecía sin fanfarria, se desmontaba de un desteñido Peugeot con el fiel Falcón cuidándolo de nadie y de todos.  Atendía  las solicitudes de cualquiera sin importar calaña. Permanecía horas conversando con un coronel, un perseguido, una hetaira, un chiripero. Disfrutaba las pendencias y trataba de enmendar faltas sin postergación, alterando la agenda que elaboraba la paciencia de su secretaria, Lina Cordero.

Atónitos quedaron los que pensaban en un magistrado presto a la retaliación  o el atropello. Indignados estaban los que no comprendían cómo, aquel hombre contestatario, recibía a sicarios y a víctimas, a estafadores y asesinos y les dispensaba similar trato. En su oscuro despacho, con una bandera como único adorno y su inseparable cigarrillo, conocía secretos de Estado y de alcoba, trifulcas de barrio y entre honorables, escuchaba a sus ayudantes, ordenaba visitas domiciliarias, respondía llamadas, repetía artículos de los códigos, relataba episodios de la historia dominicana y se reía de quienes pretendían controlarlo.

Entendió la imposibilidad de atender las múltiples querellas interpuestas por los habitantes de Cancino y de Gazcue, de Las Cañitas y Los Frailes, de Cristo Rey y La Yuca, de Villa Mella y Los Tres Brazos. Propuso la creación de otras Fiscalías para satisfacer las demandas de un Distrito inmenso, aún no dividido.

Con sólo diecisiete ayudantes delimitó las atribuciones y competencia del Departamento de Quejas y Querellas, de Calificaciones, de Menores, de Fianza, expedición de certificados de no delincuencia, Drogas, Desalojos. Estableció el contacto con la Policía Nacional prevalido de que sus agentes, tal y como disponía la ley, pertenecían a la Policía Judicial y actuaban en calidad de subalternos del Ministerio Público.  Al tanto de  lo que ocurría en las Cámaras Penales su relación con la jurisdicción de instrucción también era constante.  Difícil, sin embargo, la tarea de controlar un equipo formado en una escuela  diferente a la propia. Secretarios, asistentes y algunos de sus ayudantes intentaban boicotear el nuevo estilo. Cualquier descuido resultaba fatal en aquellas oficinas de papel carbón, máquinas Olivetti, vendedores ambulantes y archivos comidos por roedores o desaparecidos por obra y gracia de la dádiva.

Su anecdotario es sabroso. Las funciones del Fiscal continuaban en su casa con la muda complicidad de su compañera, Nurys.

Irreverente por convicción, manso por naturaleza, divorciado del boato, prefería la bohemia a las recepciones oficiales. Cambiaba el ágape coyuntural de los alabarderos por el patio de sus afectos irrenunciables. Un decreto lo transfirió a la Secretaría de Educación, antes de cumplir los cuatro años en la Fiscalía y sin haber podido realizar todo lo que se propuso. La Secretaría no era su sitio. Volvió al trajín de la toga, a los pasillos bulliciosos y mugrientos del Palacio de Justicia, como uno más.

Simpático, dicharachero, estudioso, hoy es Juez de la Suprema Corte de Justicia. La adversidad no afecta su gusto por la vida. Sólo  sus  allegados conocen el tormento que la muerte de su hermano Luis, en Manaclas, le causa. Tormento que acecha las madrugadas insomnes de este servidor público cargado de defectos e innumerables virtudes. Responsable de errores que no superan sus aciertos. Aunque carece de vanidad para propalarlo, desde la serenidad  que  asigna la madurez, debe apercibir que la transformación de la Fiscalía del Distrito Nacional comenzó con él. Muchos lo ignoran, otros pretenden arrebatarle el mérito.

Carmen Imbert Brugal

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Acerca de Lara Valerio

Fui técnico de perforadoras de tarjetas de 80 columnas en 1975, profesor de matemáticas del nivel medio, me gradué de ingeniero electricista. Entre 1979 hasta el 86 realicé un montón de cursos de sistemas informáticos. Trabajé en importantes proyectos de redes e internet. Espero que este fructífero acervo tecnológico sirva para el desarrollo socio-económico, la educación y las buenas prácticas de la democracia.

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